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domingo, 17 de mayo de 2009

Figo, la historia de un héroe y un villano


Uno de los misterios que siempre he querido adivinar sobre Luis Figo es lo que pensó el día que se le ocurrió firmar un precontrato con Florentino Pérez cuando, aparentemente, lo tenía todo en Barcelona. Me encantaría conocer, quizá lo cuente en un futuro y desde la otra perspectiva que da el paso del tiempo, qué se le pasó por la cabeza el día de su presentacion como jugador del Real Madrid, club que desembolsó diez mil millones de pesetas por hacerse con sus servicios y que abrió una herida en el eterno rival que no fue para nada sencilla de cicatrizar.

El anuncio de retirada de Luis Figo llega en uno de los momentos más dulces para cualquier futbolista, justo después de conseguir el Scudetto con el Inter de Milán. Llega a los 36 años, precisamente cuando su protagonismo en el equipo de José Mourinho iba, naturalmente, disminuyendo. Deja el deporte rey el que en su día devolvió la esperanza a Portugal con sus centros medidos, un extremo con mucha personalidad, que creó escuela y que si en algo se caracterizó fue en dejar huella –para bien o para mal- en cada uno de los equipos por los que pasó.

De Luis Figo en España se guardan dos diferentes recuerdos. El de su paso por el Barça y el de su paso por el Real Madrid. A la Ciudad Condal llegó (1995) casi sin querer, después de firmar un preacuerdo con la Juventus y otro con el Parma. El lío acabó dejando al portugués con un castigo de dos años sin poder jugar en Italia. Así que por ahí apareció Josep Lluís Nuñez, que se trajo procedente del Sporting de Lisboa una de las joyas emergentes del fructuoso fútbol luso. Por entonces tenía 22 añitos y un futuro más que prometedor que, salvo su inesperado final, cumplió con creces.

Tal fue su involucración con los colores blaugrana que incluso se le otorgó la capitanía. Parecía totalmente integrado a la ciudad, a la institución e incluso al sentimiento barcelonista. En una celebración post-título dedicó unas míticas palabras al que a la postre sería su destino. “¡Blancos llorones, felicita a los campeones!”. Su grito de guerra, recordado hasta la saciedad en los medios catalanes cuando se conoció su acuerdo con el Real Madrid, no hacía palpitar la decisión que en tiempos posteriores decidiría tomar: marcharse al eterno rival.

En Can Barça pasó cinco inolvidables campañas en las que sumó varios títulos importantes, entre ellos Liga, Copa o la extinta Recopa y en los que se convirtió en uno de los mejores futbolistas del planeta. Sin embargo, por su camino se cruzó un hombre plagado de ambición que le prometió el oro y el moro con sólo una firmita. Un desconocido llamado Florentino Pérez que quería llegar a la presidencia del Real Madrid a toda costa. Y Figo cayó en sus redes. Quizá porque nunca imaginaba que Pérez acabaría ganando aquellas elecciones o quizá porque le pudo el poderoso caballero don dinero, la cuestión es que Figo rubricó un contrato que le vestiría de blanco si el candidato se hacía con el cargo. En caso de no responder a su palabra, debía abonar una suma que rondaba los cinco mil millones de pesetas.

El devenir quiso que la promesa electoral pudiera más que cualquier título conseguido anteriormente logrado por el anterior mandato (el de Lorenzo Sanz con una Champions ‘calentita’) y Figo terminase su periplo blaugrana de la peor manera posible: odiado por una afición que se sintió traicionada por una de sus estrellas. Muchas habitaciones empapeladas con el rostro del portugués en forma de poster terminaron inmaculadas tras la marcha al Madrid de Luis, que se convirtió en el icono de la galaxia blanca que más tarde inventaría Florentino Pérez.

Para el recuerdo queda aquella noche en la que el Camp Nou le tiró hasta un cochinillo.

La noche del reencuentro entre una afición que le idolatró y que, como es lógico, se sintió apuñalada el día que se confirmó su pase al conjunto blanco. En Madrid el inicio no fue fácil. Se había convertido en el fichaje más caro de la historia y de golpe y porrazo veía como su vida daba un giro de 180 grados. Pese a la losa que tanta convulsión supuso, condujo con su fútbol y su carácter –porque si algo le sobraba al lisboeta era carácter- al Madrid al título liguero. En 2000 recogió el Balón de Oro y un año después el FIFA World Player, síntoma que seguía siendo un estilete en el flanco derecho de cualquier estadio de fútbol.

Otros cinco años pasó en la capital, donde también se hinchó a títulos (entre ellos la Champions League). Uno de los capítulos que más recuerdan sus detractores –aquellos a los que no les sentó muy bien su marcha del Barcelona- pertenece al día que lesionó de gravedad a César Jiménez, por entonces jugador del Zaragoza, y que dejó al central sin poder jugar más al fútbol. Es una de las pocas páginas negras que el portugués escribió en su trayectoria, pues tras ser descartado por Wanderley Luxemburgo, hizo las maletas rumbo a Italia, el último país que ha disfrutado su fútbol al más alto nivel.

Con el Inter su aportación fue de más a menos. Pese a ello, los títulos no dejaron de caer. El último, este fin de semana, con el cuarto título de Liga consecutivo para los neroazzurri. “Acabo de la mejor forma. No volveré a jugar al más alto nivel y, en principio, no aceptaré otra invitación. Sólo si aparece alguna cosa especial y siempre fuera de Europa”. Con esta declaración de intenciones Figo parece poner fin a una carrera en la que su único ‘pero’ ha sido no ganar ningún título con su selección, pese a llegar a la final de una Eurocopa (la de 2004). Una carrera que ha tenido espacio para momentos alegres, dramáticos, de autentica ciencia ficción y mágicos. Quién sabe sin un día se atreve a contarlo. Sin duda, y a pesar de todo, se echará de menos su guante en la pierna derecha.

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